El claxon, el otro mantra de las megaurbes indias

 

Los constantes bocinazos de las ciudades son un elemento cuasi cultural que afecta a la salud.

 

Publicado en la sección Planeta Futuro, edición digital del diario El País. Madrid, España, 10 de mayo de 2016.

[Texto y fotos. Versión web con fotogalería, aquí.]

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En el mundo viviríamos mejor si se pudiera fotografiar el ruido. En Nueva Delhi, India, mantras y melodías envolventes flotan en templos, patios y esquinas. Con o sin incienso, son también balsámicas, atenuan el ruido mundano y favorecen la meditación. Algunas veces. “Los altavoces son una gran forma de homenajear en India. Nacimientos, bodas y fallecimientos, todo parece una oportunidad para usarlos. Es sabido que las guerras de los altavoces entre las templos y mezquitas han causado altercados en las colectividades”. La cita acompaña en una web oficial a las Reglas sobre Polución Acústica (2000).

Hacerse oír entre la muchedumbre significa hacer más ruido. Pero basta una nota discordante, repentina y prolongada, para dar al traste con toda paz posible. Un pinchazo agudo e insistente provoca movimiento dentro del oído, una percepción casi tangible del espacio, del vacío interno. Y un reflejo en forma de cabreo que, tal vez es lo peor, no le deja a uno muy seguro de si tiene sentido quejarse cuando se dé la vuelta.

—¡Esto es India! —suele responder, entre divertido y resignado, el conductor de turno.

Para explicar el bocinazo no basta una medida occidental. “En nuestro país, debido a la tecnología, el sonido se ha convertido en fuente de placer para la gente. El uso innecesario del claxon se ha vuelto parte de la cultura india”. Así consta en el fallo de una demanda de 2005. El bocinazo significa algo así comoaquí voy. Tiene matices varios y es para muchos otra forma de comunicación, aunque a veces se parezca a cientos de monólogos sucediendo al mismo tiempo.

La invisibilidad del ruido y el uso cultural llevan a menudo el problema al campo de lo relativo. Mientras, proliferan los estudios médicos, los órganos de control y reglamentos sobre el ruido con enmienda sobre enmienda. Basados en instrumentos de medición, todos vienen llenos de números.

A decir de Ravi Kalra, ciudadano capitalino, todo empezó en 1994, cuando se abrió el mercado indio y muchas familias pudieron permitirse un coche. Antes, cuenta, había dos fabricantes y escasos conductores. Ahora que la oferta es amplia, aunque mucha gente aún pedalea por obligación, el coche es la punta del iceberg en la idea de prosperidad. En Delhi se calcula que hay 1.400 coches nuevos cada día y el número se ha doblado en una década. El claxon es su ariete. “Es como un electroshock”, dice Kalra. “Pero también un cáncer: el hábito va en la sangre”.

En un artículo de 2012, el entonces director de Audi para India afirmaba que, en promedio, un conductor de Bombay pitaba en un día tanto como un alemán en un año. Lo siguiente era que su firma dotaba de un claxon más resistente y potente a los coches fabricados para el mercado indio. De hecho, algunas marcas diseñan versiones según la geografía. De la misma manera que a Suecia le correposponde la versión nórdica, a India la tropical, con refuerzos en los bajos, salpicadero o claxon.

Al sureste de Nueva Delhi, bajo un scalextric elevado, entre polvo y peatones sin aceras hay un concesionario lustroso, y dentro una presentación por todo lo alto. En pantalla gigante, a cámara lenta, unos explosivos revientan contra el vehículo de puebas en un descampado. Cuando el humo se disipa, el habitáculo apenas tiene rasguños. El coche, importado, es el primero para uso civil con el índice máximo de protección. En el kit de prensa o el catálogo no se habla del claxon. Los responsables remiten a la web oficial, pero no hay rastro. Por ley, desde julio de 2016 los índices de polución deberán constar.

A pocos metros, otro fabricante europeo tiene un taller oficial. Rodeado de coches y piezas, el responsable asegura no conocer la normativa, pero ellos usan cláxones “más livianos” desde hace algunos años. Con buena fe, encomienda los números a la Sociedad India de Constructores de Automóbiles (SIAM). Y según K. K. Gandhi, su técnico titular, el reglamento actual, adaptado de las normativas europeas, establece los niveles máximos para turismos en 112 decibelios. Pero hay otro detalle: existe un mínimo obligatorio. Sus 93 decibelios son tres más que el máximo legal, en teoría, para emergencias en España. Lo justifican peatones, ciclistas, vacas y perros: los obstáculos habituales. Y el ruido ambiental es tal que, para muchos, 93 no bastan.

En promedio, un conductor de Bombay pita en un día tanto como un alemán en un año.

El intrincado Old Delhi es esa clase de barrio en el que uno puede encontrar todo. Junto a Jama Masjid, la mayor mezquita de India, varios vendedores toman cables y los pelan con alicates, ávidos de demostrar la potencia de sus cláxones. Los multitono, especialmente dañinos por su intensidad, parecen juguetes peligrosos. Con numerosas cornetas rojas desiguales recuerdan a un manojo de amanita muscaria. Con sus cables colgando, a una bomba de relojería. Están prohibidos para todo vehículo, pero cualquiera sabe que pueden instalarse sin mayor problema. Preguntados por decibelios, sus dueños responden en rupias, voltios e incluso número de melodías disponibles. No nos entendemos. Ni el empaque de una sirena expuesta —220 decibelios, pendiente de reglamentar— da una pista. Al fin, un joven con gran inglés traduce, y ahora sí: los tres vendedores de cláxones tiraron sus cajas. Por si no era ya difícil fotografiar el ruido.

A Ravi Kalra lo conocen más por su campaña contra el ruido que por las 300 personas a las que da techo en un ashram junto a la ciudad-satélite de Gurgaon, en las lindes del sur de Delhi y el estado de Haryana. Su fundación, The Earth Saviours, colecciona reseñas de diarios, premios y diplomas de entidades como la Policía vial de Delhi o Unicef. Con su armada de colaboradores y voluntarios sale cada cierto tiempo a, entre otras cosas, repartir pegatinas con su grito silencioso. El lema Do Not Honk! (¡No pites!) ya se lee en miles de maleteros de la capital. Lo apodan El hombre que no pita. Dice que no lo ha hecho en 25 años, desde que conduce. Que no lo necesita. “Quien pita está robando el derecho a los demás. El que está delante tiene ganado su lugar, pero yo lo quiero y pito aunque esté en rojo. Lo peor es que nadie quiera hablarlo.”

En Bombay, la organización Awaaz lleva la voz cantante contra el ruido. Ahora se han unido a la Asociación Médica India para lanzar la campaña nacional sobre lafiebre del claxon. Kalra asegura que el 70% del ruido en las ciudades proviene de esta fiebre. Ahora, quiere llevar al primer ministro Narendra Modi a Gurgaon y que abandere la cruzada. “Nuestro país está perdiendo dinero por el ruido”, dice. “[Modi] está vendiendo a India como lugar de espiritualidad, pero el turista de calidad quiere paz. Y aquí no hay, porque se pita demasiado”. En las antípodas de su lógica, gran parte de los camioneros indios llevan pintadas con letras muy artesanales las palabras Blow horn o Honk ok, please. Piden a quien les vaya a rebasar que les avise, pitando, de su posición. Kalra y compañía adaptaron puntualmente su campaña. Contra el Blow horn, utilizaron brochas y pintura.

“De hecho, eso del Blow horn viene de una vieja ley británica para las carretas”, dice Omesh Saigal, presidente de la cooperativa de vecinos de Panchshila Park, que vive junto al Ring Road, uno de los anillos interiores de Delhi. Su colonia surgió para alojar a los desplazados de Pakistán tras la partición con India en 1947. Hace medio siglo, colonia y circunvalación se levantaron a la vez. Hoy los parte la propia autopista. Y no da tregua. “Es horrible, no puedes ni dormir”, dice Saigal. Alguien acaba de entregarle un aparatito electrónico que marca 7,6. Es elph de la piscina de la cooperativa, su refugio. Y como la ciencia es para eso, ha encargado audimetrías a estudios privados y llevado el caso al Tribunal Nacional Verde (NGT). Y ha ganado, pero en nueve meses siguen sin colocarse los muros acordados. Por ley, los límites en zonas residenciales deben ser 55 de día y 45 de noche, pero en su casa alcanzan los 80 y en varias otras no bajan de 70 ni a las tres de la mañana. Más de 65 decibelios se consideran dañinos. Cristales dobles, aire acondicionado constante en días a 45 grados centígrados y noches a 30 no son sostenibles ni tampoco soportables. Pero también sucede en hospitales, tipificados como espacios de silencio y vulnerados por sistema. Las multas, 12 euros al cambio, no asustan. Y a Saigal le supera que haya una ley que no sea posible hacer cumplir.

Entender el problema no le sirvió de mucho a Gunajit Sharma. “En muchas intersecciones se están midiendo niveles de 110 decibelios, similar a un concierto de rock”, dice Sharma, 36 años, otorrino del hospital Max del barrio acomodado de Saket. “No es sólo sordera: es estrés, presión arterial, falta de descanso y concentración. Puedes preguntar a cualquiera del Apeejay School de Malvilla Nagar”. Malvilla Nagar, donde él vivía, queda a cinco minutos en coche de allí. “Y esto empeora cada día. Al final, yo mismo me mudé a un área más tranquila en Gurgaon.” Sin tráfico, Gurgaon le quedaría a media hora del trabajo. “El agua, si está sucia se ve; pero el ruido no es agua.”

“No es sólo sordera: es estrés, presión arterial, falta de descanso y concentración. Puedes preguntar a cualquiera del Apeejay School de Malvilla Nagar”

En cambio, el doctor Tushar Malik, otorrino de la clínica privada Prime, 29 años, ha estudiado en Londres. Cree que, si bien los bocinazos en Delhi son altos a escala global, el problema ha mejorado. Que es peor en los pueblos y que aún no constituye causa de sordera. Asegura que los cláxones especiales están prohibidos y ya no se usan, y la principal causa entre los jóvenes es el volumen de sus auriculares. El otorrino Malik sí admite que el ruido causa otros problemas. Quien lo visita es de los que se mueve en rickshaw o camina. Tras ocho años en megaurbes tropicales nunca sintió dolor, pero en Delhi usa tapones. Es obvio que aún no está acostumbrado y el doctor le propone hacerle un test. “Aquí —había dicho el otorrino—, la vía de escape es subir los vidrios, dar el aire y subir un poco el volumen de tu música. Bueno, eso es lo que yo hago”.

“Pero piensa en los niños y la cantidad de personas que duermen en la calle, ellos están expuestos a ese ruido todo el día”, había dicho el señor Saigal. Probablemente esas personas —miles— tampoco salgan en la foto. Y basta una luz verde para oír, en un semáforo, a los coches entre los que venden baratijas. Muchos llevan multiclaxon.

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