Los ‘mushers’ ibéricos, peregrinos del Ártico

Peregrinos del Ártico portada 2p marcoCada final de invierno, un grupo de ibéricos se sobrepone al clima (y al consejo de sus allegados), lleva sus perreras al Círculo Polar en furgoneta y se codea con los samis, los locales, en la prueba reina de trineos. Se preparan durante 11 meses. Lo hacen como pueden. Al fin, siempre llega marzo.

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Los mushers ibéricos: peregrinos del Ártico

Pablo Zulaica

José Sacristán, corredor de carreras de trineos, me aconsejó llegar a Alta por aire, pero aterricé en esa pequeña ciudad del Ártico noruego en un mosquito de zumbido agudo que, ya a la primera ventolera, había dado una violenta sacudida como si esquivara un matamoscas por centímetros. Luego, la avioneta se enderezó, subió más y más y encontró su autopista sobre una costa enrevesada que se recortaba en la oscuridad por el fulgor de la nieve. Así es aquello en marzo.

Cada vez que José Sacristán (Gasteiz, 1962) pisa Alta, él y Begoña Zulaica conducen 4500 kilómetros, y los últimos 500, llenos de curvas que rodean fiordos, son blancos por el hielo y el tráfico escaso. No se sabe qué puede pasarle al único autobús que recorre la carretera E6. Ni a su vieja furgoneta, llena de trastos y con 12 perros dentro. Ellos son mis tíos, y yo llevaba años de cenas familiares oyendo sobre desiertos a -40ºc, trineos surcando en soledad ríos helados con la aurora boreal bailando encima y llegadas de madrugada entre aplausos, con La Conquista del Paraíso sonando de fondo, en pueblos dejados de la mano de Thor. Pensé que sólo eran recuerdos. Así que, en cuanto él se convenció de correr por quinta vez la Finnmarkslopet, decidí seguirlos.

Finnmarkslopet, la fiesta de los sami.

Para los noruegos del sur, pongamos que de Oslo, la vuelta a Finnmark en trineo ya es de locos. Pero en esa región es el evento principal, y una fiesta para el pueblo sami. Allí, trasladarse en trineos con perros (mushing) es habitual, aunque ahora los pastores de renos vivan estacionalmente en autocaravanas y se desplacen en motos de nieve. Por eso, cuando empezó en los años 70 era una competición local. Luego enganchó a otros noruegos y ahora a algunos extranjeros.

La carrera de 500 kilómetros, que para mí es un reto, para ellos es una mariconada de fin de semana —soltaba Sacristán la víspera, junto a sus dos handlers (ayudantes), en el bar de un hotel céntrico de Alta—. Lo importante es la carrera de mil. Dura seis días y eso no es algo de ocho a dos: se corre sin parar.

Un exmusher presente, José Arias, me anticipó esa carrera como una mezcla de estrategia y resistencia. “Antes de llegar a Neiden (km 350) el musher ya está un poquito zombie. No has descansado suficiente. Has perdido la referencia de las 24 horas y verás que hay un bajón cuando eso se rompe. Luego el cuerpo se habitúa y te vas acomodando a dormir tres horas y funcionar 12. Comes, no duermes. Paras cada dos horas a dar un snack a los perros. Y sea día o noche, tu reloj son los tramos. Hay días de 80 kilómetros y días de 120.”

Begoña había dicho que allí, desde que nacen, tienen los perros y la nieve en la puerta de su casa. Comprobé que los esquís también, colgados bajo los dinteles sin que nadie se los lleve. En la calle principal, que acaba en una iglesia moderna inspirada en una aurora, dos niñas me rebasaron con sus mochilas coloridas, camino de la escuela, en esquís de fondo. Sus 20.000 habitantes tienen un campeón del mundo de salto de esquí. Y a lo largo del año los mushers locales, que se dedican a cruzar y mejorar sus kennel (perreras), viven de vender los perros o de organizar travesías para un turismo en expansión.

Pero este no es un deporte para autosuficientes, sino un trabajo colectivo donde el cuidado para los atletas es norma: los veterinarios, tras comprobar deshidratación, masa corporal o pezuñas tienen derecho de veto. Uno de ellos, José Pedreño, es malagueño y celebra el respeto nórdico: “Hay una musher noruega que es fuera de serie, Sigrid Eckran. Síguela y conócela. Si el perro no va al 100% ella misma lo retira.” Y el handler no es el chico de los recados, sino más bien una mezcla entre director de escudería y productor ejecutivo encargado de una logística de aúpa. Begoña llega a cada control antes que Sacristán y prepara todo para que él pueda dormir dos o, a lo sumo, tres horas antes de volver a pista. Al fin, los perros caen rendidos bajo una manta en sus camas de paja, y ella siente una paz extraña: “En un sitio con 140 perros no hay un ruido, ni un aullido.”

Pero ni ellos ni Miquel Ángel Martínez (Barcelona, 1953), Marçal Rocías (La Molina, Barcelona, 1976) o Baltasar Gallardo (Pamplona, 1970) son noruegos. Los habitantes de Finnmark, que cruzan a menudo los Pirineos en busca de playas, bautizaron a Martínez, el pionero, El embajador del Sol. Con los años, para la comunidad musher todos ellos son “los africanos”.

Como dijo José Arias, la primera victoria es meter 12 o 14 perros en forma en la furgoneta, recorrer 4800 kilómetros y estar en la línea de salida.

Llegar a la salida.

El mushing es un deporte caro que necesita frío, tiempo y un material que en el sur escasea, y eso, inevitablemente, da paso a la inventiva. Martínez y su esposa Helena Mas aprendieron de Juan Alcina, un malagueño que se afincó en Alaska y que corrió la Iditarod, otra prueba similar, a elaborar y cocinar galletas, croquetas y demás.

Un huskie de Alaska, la raza corredora habitual, puede sufrir un infarto si corre a más de 0ºc. En Berrikano, donde vive Sacristán, la media mínima es de 0,8ºc en enero. Eso implica parar de abril a octubre, y luego salidas al atardecer para no rebasar jamás los 15ºc. En nieve virgen los perros se hunden. En las estaciones de esquí de fondo no quieren saber nada de ellos. El mushing ibérico es en pistas de tierra y fango.

Y además está la Guardia Civil —dice Begoña—. No saben qué es. Nos paran por la noche y al vernos con tantos perros tenemos que probar que no somos traficantes.

O sea: jaulas, vacunas y certificados. Pero, ¿y el trineo?

Entreno con un quad. Le quito el motor para que pese menos.

La crisis económica acabó con la Pirena, aquella carrera invernal por etapas. Pero el sueño de todo musher fue siempre venir a correrlo a los reinos de las nieves.

Hace años que Sacristán cobra una pensión, tiene algunos achaques que le dan guerra, pero desde que le regalaron el primer husky se le ve un ánimo nuevo. Y esta vez, después de cuatro carreras en 500 y desoyendo todo consejo, se emperró más que nadie. Dijo que iría a Noruega sólo “a ver a sus amigos.” Luego, él y Begoña pensaron que podían ajustarse un poco más el cinturón, llevar lo mínimo e intentar correr la última vez. Pararían en la frontera de Hendaya, un avituallamiento inestimable donde la ayuda vendría con el segundo hadler, el tolosarra Julio Eizagirre. Y al menos desde allí, pensaron, no habría Guardia Civil.

¿Tú, musher?”, le preguntó a Sacristán una agente alemana cuando le explicaron aquello: la furgoneta excedía el peso permitido en un 30%. Se vieron de regreso y con un multón de órdago. Pero él, que sólo chapurrea inglés, logró entenderse con los policías. “Y los perros, fuera de toda lógica, se quedaron callados”, dice Begoña aún alucinando. “Nos dieron una hoja que decía que ya estábamos chequeados por si nos paraban otra vez. Ese papel lo vamos a enmarcar.”

Finnmarkslopet 2015: las mujeres hacen pleno.

Yo podría enmarcar las fotos de Helmut Dietz, un alemán veterano del mushing que, con Sacristán y el resto ya en carrera, me invitó a seguir la de mil en su coche con ruedas de clavos. Con el sol mañanero filtrándose entre los abedules pelados nos emparejamos a Finlandia y a los trineos que avanzaban sobre el fronterizo río Tana. Me congelé los dedos capturando auroras cuando Helmut, que ya las había visto todas, buscaba corredores en la noche, y en una carretera sin fin un rebaño de renos semisalvajes se nos atravesó en plena ventisca ártica.

Kirkenes dormita al cabo de otro fiordo, ya con Rusia enfrente. Es el lugar más remoto del circuito y el ecuador de la prueba de mil, y allí supe hasta qué punto este deporte es duro. Y mixto. La veterana Nina Skramstad salió de un cuarto oscuro y se quejó a su novio handler del ruido de la música y el mercadillo de la calle. Didrik Sand me dijo que ser novios puede ser difícil. Según mi tío, son muchas horas dedicadas a los perros y necesitas una pareja que comparta la pasión.

Como había predicho Arias, la carrera real empezó en Kirkenes y se correría de regreso. Los favoritos descolgados fueron recuperando posiciones, los equipos revelación abandonaban y las estrategias —elección de tiempos de parada, orden de la formación— cobraban importancia decisiva.

Por desgracia, sabía que mi tío también había abandonado. Por mensajes de texto, Eizagirre me daba el parte día a día. Cabreo, tristeza, dolor, y poco a poco, resignación. En Kirkenes, me tomé en serio el consejo de un organizador y lo puse en práctica por 500 kilómetros hasta llegar a Alta. Tres chicas sami me dieron autostop consecutivo y una lección de calidez ártica.

A los seis días de comenzada la carrera Alta estaba llena de abrigos, gorros y manoplas de colores. Eran las tres de la tarde. La música ambiente y el locutor amenizaban una espera poco tensa, porque Ekran, la musher ejemplar, mantenía a 11 de sus 14 huskies, muy por encima de los 6 requeridos, y sacaba dos horas al segundo. Ekran estaba a punto de ganar por segunda vez y, con ello, de llevarse el gordo: una casa de madera.

En categoría junior, nueve adolescentes noruegas copaban todas las plazas; en 500 kilómetros había ganado otra favorita, la sueca Elisabeth Edland, y en 500 RNB —donde corría Baltasar Gallardo, una categoría para promocionar las razas con pedigrí— Eveline Koch, holandesa afincada en Suecia. El peso habitualmente mayor de los hombres puede incidir al cabo de una semana, pero el factor clave parece estar en la motivación, en la sintonía musher-perro. “Ellas tienen una facilidad emocional que nosotros no tenemos”, dijo Arias. Begoña estaba de acuerdo, y las mujeres, a un paso del pleno.

La Conquista del Paraíso se elevó por megafonía sobre las calles aún blancas de Alta, y sólo me sonó rara al principio. A lo lejos emergieron poco a poco doce huskies saltarines que tiraban de su ama en seis duplas simétricas, frescos como si apenas llevaran horas, animados por el jaleo en la recta final. El tiro de perros se quedó sobre la misma línea. La musher de las mejillas rojas tomó una bolsa llena de croquetas y las fue repartiendo una por una hasta llegar a la hembra guía, en cabeza del tiro, y luego se arrodilló y la abrazó con fuerza. Alta despertaba poco a poco hacia una primavera ansiada, y entre aplausos infinitos no cabían violines de Vivaldi pero sí la épica de Vangelis. Arias había dicho que no conoce otro deporte en el que se llore más al cruzar la meta.

Dos días antes, Pasvik, Chess, Eder y compañía ladraban en conjunto mi llegada al campamento de Sacristán, en un pinar cercano a Alta. Estaba de buen humor. Seguía la carrera por internet y hacía sus pronósticos, y me puso al día de sus amigos. Baltasar había quedado cuarto de diez. En mil, a los 700 kilómetros y a buen ritmo, Marçal se había parado en seco: cosas de la naturaleza, dos perras entraron en celo y los machos no volvieron a tirar un metro. Y Martínez ya era último, pero iba con suficientes perros. La comunidad musher le iba premiar por una gesta que pocos noruegos han logrado: diez carreras completas.

Es que incluso oí un crac—, me dice mi tío, arqueando la espalda, al explicar que se quedó tieso.

El primer día, cuando en plena ventisca, al remontar un vado en el kilómetro 40, se le fue el trineo y su espalda crujió, Sacristán pensó en dormir, levantarse, meter todo a la furgoneta y comenzar a conducir tres días cabreado. Al segundo, los tres creían que aún no podía siquiera conducir. Al cuarto, ya casi recuperado, pensó que tenía alrededor nieve, perros y amigos, y que no había otro lugar en el mundo que aquél.

Un año atrás, allí mismo, Sacristán había dicho que esa era su última vez. Luego, de regreso, descubrió en una gasolinera esos clavos para poner a las ruedas y los compró. Ahora, una vez que los perros estuvieron en sus jaulas y los bultos listos, me dejaron en el cruce convenido y tomaron la E6 en sentido sur. Creo que a veces sólo necesitamos un juego de clavos. Mientras la furgoneta empequeñecía estuve seguro de que Alta volvería a verlos.

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Publicado en el semanario Zazpika (7K). San Sebastián, Euskadi, España, 24 de enero de 2016.

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