Un pícnic con Sam Fransisk Xavier

IMG_7669 (Large)En Goa, India, los portugueses se fueron hace medio siglo, pero San Francisco Javier, que llegó con ellos, está por todos lados. Cada diez años se exponen sus reliquias, y todos los 3 de diciembre los católicos de Goa, el 30%, homenajean a su patrón. Eso sí, a la manera india.

Foto: el señor James, cabeza de familia, con sus doce parientes.

[Texto y fotos. Versión en línea, aquí. Versión en PDF, aquí.]

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Publicado en el diario Noticias de Navarra. Pamplona, España, domingo 6 de diciembre de 2015.

 

Un pícnic con Sam Fransisk Xavier

Los asiduos a esta fiesta cuentan que, el 3 de diciembre, las carreteras hacia la ciudad de Velha Goa estarán atestadas ya a eso de las 7 a.m., pero también es cierto que la familia del señor James necesitaría dos coches, quizás tres, para llegar allá. Han tomado el tren 70102 sin que los niños siquiera desayunen. Y en cada foto hay más cabezas: hermanos, primos y sobrinos empiezan a aparecer, sigilosos, desde las butacas de atrás. Valía la pena madrugar. En India, la familia es aún medida de todas las cosas y el santo patrón los debe bendecir a todos.

Además de un 80% de hindúes, aquí hay un 16% de musulmanes y un 1,9% de católicos. Pero en el estado de Goa, una colonia portuguesa extemporal que sólo se integró en 1961, llegan al 30%. Columnas redondas y tejas amarronadas asoman entre palmeras u hojas de plataneros. La arquitectura recuerda a Baracoa, Nueva Orleáns o las iglesias jesuitas paraguayas. Y cada cruce de carreteras o patio casero es pretexto para plantar una ermita, o una cruz al menos, y aquí y allá se repite el nombre de Francis. Pero no hay, como en otros lugares, rastro del actual Papa. Es, en lengua konkani, Goencho Saib, o Sam Fransisk Xavier, enviado por la corona portuguesa a evangelizar en las rutas abiertas por Vasco de Gama. Ni la propia corona pudo parar al jesuita navarro ‒que también urgió a instaurar la Inquisición en Goa‒, y cuando murió en la isla china de Sancián, desde la colonia reclamaron sus restos. Fue en 1552, otro 3 de diciembre. Alguien bañó el cuerpo en sosa, pero consta por escrito oficial que llegó a la basílica del Bom Jesús intacto. Aquí, en Velha Goa, es donde peregrina todos los años un buen número indios, y la familia del señor James.

La familia va directamente a oír misa. Unos toldos granates, ocres y lilas dan sombra a los miles de fieles que siguen al sacerdote fuera de la basílica del siglo XVI. Varios monaguillos locales salen hasta la carretera y reparten hostias entre filas de goanos cabizbajos que no caben bajo el toldo. Se hace extraño tanto orden, por una vez, en este país de caos. Entonces, el sacerdote habla por megafonía: ¡únicamente deben comulgar los cristianos! En India, tan prolífica en dioses, la santidad se reconoce más allá de cada fe. Hoy es fiesta estatal y gente de todo credo viene a venerar al santo. La misa terminará pronto, pero vendrán otras en inglés y hasta en japonés.

En cambio, el señor James se ha puesto a la cola. Calcula que pasará en pie tres horas antes de poder entrar a ver a Saint Francis, como él le llama. Me pierdo entre la multitud, pero aquí y allá voy descubriendo las formas y colores de la fe. Devotas de sari fucsia adornan una estatuilla con barba y sotana. Le ponen las mismas flores que a los dioses hindúes, color azafrán, símbolo de pureza. Dos amigos treintañeros visten con elegancia extrema y dicen que no es el traje para los domingos, sino el traje para la fiesta. Junto al pozo que San Francisco usaba para las abluciones se derriten las velas y exvotos de cera que los ambulantes vocean. Y en la tienda de recuerdos me piden que por favor firme el libro de visitas. Allí se amontonan unos viejos paneles dedicados a la vida del santo por una fundación lisboeta. Una foto grande muestra un castillo de cuento de hadas y debajo se lee “Navarre, donde él nació”. Y aquí y allá, en mantas sobre el césped o encima de tallas centenarias, extensas familias con pucheros y tápers dan cuenta de chapatis, arroces y curry.

No son ni las cuatro de la tarde, faltan dos horas para el primer tren de regreso, pero los hijos y sobrinos del señor James me saludan en el andén. El señor James, poco expresivo tras sus gafas de sol, ocupa un banco apartado del resto. Pareciera que es lo único que necesita. No le importa demasiado la espera, el andén es grande y hay espacio para que correteen los críos, también una buena sombra. En realidad ya pocas cosas le importan. Mañana volverá al trabajo duro de su mueblería, pero cuenta que sólo le ha costado dos horas llegar a los pies del santo.

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