Todos los que pasaron por Malta

Malta miniaturaSorprende la cantidad de pueblos que han pasado por estas islas mediterráneas. La suma de todas sus influencias tiene un resultado difícil de imaginar. Malta recuerda a la idea del ‘aleph’ que Borges recuperó, un punto que contiene todo el espacio y el tiempo habidos.

[Texto y fotos. Versión PDF, aquí.]

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Publicado en la sección El buscarril de la revista Variopinto, nº 33. México, DF, 1 de marzo de 2015.

 

Malta, un paseo por la historia del Mediterráneo

Al entrar por primera vez en Valletta, la capital de Malta, imaginé una Inglaterra acorazada en un rincón mediterráneo. Un paisaje tenso, que sin embargo contrastaba con la despreocupación de los turistas en la calle Ir-Repubblika. Defensiva y palaciega, hoy peatonal, el trajín sucede sobre grandes losas pulidas por los miles de zapatos que llenan los hoteles en verano. Hay negocios pequeños con rótulos muy británicos y nombres como Wembley, Cockney’s, o apellidos de origen diverso: Camilleri, Samut, Caruana. Las voces locales suenan árabes, y en las callejuelas hay Minis y Vespas. Nada es casual. Y sí, reina la paz, pero todo eso tiene un porqué en Malta.

Malta es un archipiélago codiciado en el Mediterráneo, entre Italia y Túnez, tan fugaz en pleno mar que en algunos mapas no existe. Recuerda a las ficciones de Borges, llenas de historias de ese mar y de viajeros árabes. Borges recuperó la idea del aleph, un objeto que contenía todos los puntos del universo y es producto de todos los tiempos. Mantengo esa sensación desde el momento en que puse un pie en Malta.

El tiempo siempre se refleja en el habla, y el idioma maltés es eso, una suma de ellos: semítico con escritura latina —el único—, con un canturreo que se oye italiano y multitud de préstamos. Los números se dicen en inglés, que es lengua cooficial, y el vocabulario marítimo, por ejemplo, es casi todo siciliano —Sicilia está a 94 km—. Mario Samut, un pianista local, me dice que tramuntana, como el viento de la costa catalana, significa norte; sur es nofsinhar; este o levante, lvant; y oeste, poniente, punent. Desde hace medio siglo, Italia llega por aire en forma de señal televisiva. Pero si un maltés se enoja parece madrileño. Entonces, Mario u otro grita: “ostia!”.

Allí, la historia empieza con la cultura megalítica, que dejó en las islas templos antiquísimos. Luego la escribieron fenicios, griegos, romanos, árabes, judíos, normandos, aragoneses, franceses —casi los nazis— e ingleses. En su penúltimo capítulo, Malta se independizó de Inglaterra apenas en 1964. Y en el último, a partir de 2004, entró a la Unión Europea, estrenó vuelos low cost y adoptó el euro.

Hoy, en Malta, casi toda manufactura se importa. El turismo, los servicios financieros o la industria del cine le ayudan a ocupar el puesto 37 en el Índice de Desarrollo Humano, que mide la calidad de vida, y conviven con tiendas de libro usado, anticuarios, videoclubes de VHS clausurados, que ocupan palacios de piedra o estrechas viviendas de comerciantes en calles empinadas que topan con murallas.

Valletta y su conurbación, las Tres Ciudades, son un fortín amurallado en torno a un puerto natural gigante. Allí, un cámara de Al Jazeera entrevista a un dirigente local y escucho que las islas de Malta y Gozo —y la minúscula Comino— suman 60 kilómetros de murallas defensivas. Los Caballeros Hospitalarios de San Juan, u Orden de Malta, datan de 1084. Si hay una comunidad que aglutina a los malteses es esa de defensores de la fe, sin lazos de sangre, que lograron el favor del Papa para establecerse allí en 1530. El asedio cometido por los turcos en 1565 fue el episodio más notorio, y las murallas son de aquel siglo. Escondidas por Valletta, aún quedan tres de las cofradías en que la orden se agrupó en torno a las siete lenguas que hablaban: Provenza, Auvernia, Francia, Italia, Aragón-Navarra y Alemania, e Inglaterra antes del cisma protestante. Hoy la Cruz de Malta es emblema de todo. Tiene siete orígenes, una misma fe y vigencia absoluta: el catolicismo sigue fuerte.

Ese carácter defensivo lo veo en ciudades interiores, que parecen sacadas por bloques de las canteras de caliza que mordisquean el paisaje. M’dina, la antigua y pétrea capital, o Victoria, la mayor de Gozo, se alzaron en colinas interiores para vigilar el horizonte. Así, en caso de desembarco enemigo, asediarlas llevaría tiempo.

Hoy, a Malta le llegan cayucos. Y a bordo, generalmente, sudaneses o etíopes. Wendy Mendoza, una mexicana voluntaria en un centro de acogida, cuenta que cuando son rescatados o detenidos y los isleños dicen Malta, ellos se derrumban. Muchos creen que están en Italia, que otra cosa es broma, porque no han oído hablar de Malta. El Times of Malta también cuenta ataques xenófobos. Malta, aunque parece que no existe, es otra puerta trasera de Europa.

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A lo largo de Malta, carreteras estrechas atraviesan poblados que se amontonan sobre ellas. La consecuencia, incluso en la campiña desarbolada, son embotellamientos de tamaño absurdo. Con 316 km2, menos de un cuarto que el D.F., Malta tiene la mayor densidad de población de la UE. Y para entrar ha tenido que privatizar servicios, como los autobuses, que son de la empresa Arriva. Muchos están contrariados. “Se ríen de los nuevos y dicen: Se no arriva mai! (¡Si no llega nunca!)”—cuenta Wendy. En diez viajes por la isla vivo dos peleas con los conductores. “Es normal, así todos los días”, me dice.

La vida en Gozo es otra. La casa de Mario Gauci no sólo es una casa rústica en el pueblo de Xaghra, es casi un museo etnográfico. Mario, cincuentón, historiador, trabaja de guía en una de las 14 torres de vigilancia que Martín de Redín, un navarro, mandó levantar siglos atrás en el contorno de las islas.

—Malta está en medio del Mediterráneo y todo lo que pase alrededor afecta—, dice.

Él es uno de los hospitalarios de hoy. Contacta vía internet y calcula que ha albergado a unos 400 viajeros. Entre sus libros de historia tiene frases en latín en los estantes, una colección de piedras, cuadernos con relatos y postales recibidas desde cualquier lugar. Así es el aleph de Mario.

En bicicleta, descubro que las calles en Gozo no son nunca rectas ni muy largas. Se llaman Triq Sant Pawlw o Triq Santa Maria y lucen talavera con vírgenes y santos. En las argollas de los picadores, en portones de madera pintados de azul, dragones, grifos y delfines de bronce: un bestiario. Los pueblos suelen ocupar alguna loma alrededor de una iglesia vieja o un santuario moderno, siempre demasiado grande.

—Tenemos algún tipo de megalomanía en Malta—, dice Mario.

El turismo en Gozo es menor y más selecto, y tiene una pequeña Niza en la ensenada de X’lendi. Neones mohosos anuncian zapaterías, panaderías, o venta de maquinaria agrícola. Hay clubes de bochas —petanca— o de fútbol al estilo inglés, donde se ven partidos extranjeros y despachan cerveza Cisk. En los pueblos —Iz-Zebbug, Rabat, Marsalforn— se mezclan las mismas raíces árabes y latinas que en otros rincones.

Termino el viaje caminando los acantilados de Dingli, de nuevo en la isla grande, esta vez al sur. Bajo del Arriva, que se aventura a través de una pista pedregosa, y entre el camino y el abismo sólo hay unos metros de pradera en los que rebaños de ovejas pastan pese al vendaval constante. Paseo hasta llegar a Mnajdra y Ħaġar Qim —se leen M’naidra y Hagarín—, templos de rocas tan lejanas en el tiempo que uno fantasea con inteligencias anteriores. A vista de pájaro revelaron dos formas definidas similares a un trébol, pero perderse en ellas es seguir una sucesión de pasillos y losas cruzadas con una lógica difícil. Lord Renfrew, un profesor de Cambridge, dice que los templos de Malta y Gozo, de hasta 3600 a. C., son los más antiguos erigidos que la humanidad conserva.

Se me juntan los atardeceres por la carretera hacia Iz-Zirrieq, un pueblo arriba de otro abismo. Surge una acera por la que pasean en pants grupos de mujeres y de ancianos. Me uno a Evelyn y su amiga, y me dicen de una interna centenaria, griega de Corfú, soltera y con memoria de elefante, que habla siete idiomas y les cuenta historias de la guerra. Y me figuró qué será vivir cien años: una especie de adaptación natural a Malta, un primer paso necesario para abarcar tantas civilizaciones que engrosaban la memoria de la isla. Tiziano, en su Arriva, me lleva de vuelta a Valletta. Es mi última noche, llego tarde a cenar, pero tratándose de Malta y la relatividad del tiempo cualquier pretexto suena absurdo.

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